EL HÁBITO DE SEDA DE LA MONA MONJE
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Vestir de acuerdo a la ocasión es todo un arte. Yo soy el típico baboso que llega vestido con caquis a los reventones metaleros y con camiseta rota al coctel de una casa de bolsa; uso colores estridentes en los velorios y riguroso negro en las clases de yoga. Podría parecer que la elección del vestuario es una decisión intrascendente, pero lo cierto es que en nuestra sociedad el hábito hace a la mona y más si se viste de seda.
Hace años cuando comenzaba a trabajar como creativo freelancer fui a una junta en la que los clientes iban a exponer sus necesidades para una campaña. Consciente de la importancia de la junta, me enfundé en mi único trajecito y me apersoné bañado y perfumado. Antes de que comenzara la reunión, entró a la sala de juntas un ejecutivo de una agencia de publicidad (que no sé qué demonios hacía ahí) y me preguntó quién era yo. "El creativo" respondí yo muy ufano. "Pareces un contador" me dijo él mirando mi trajecito gris y acto seguido aconsejó: "cuando entres a una junta asegúrate de que todos sepan nada más con verte que tú eres el creativo". A partir de entonces, lo que mis padres siempre criticaron como la máxima muestra de inmadurez: el cabello largo, el arete y la ropa vieja y rota, fueron los rasgos que definieron mi aspecto laboral.
Por más absurdo que parezca, el truco funciona: los clientes inmersos en su dinámica corporativa esperan que la gente que hace el trabajo creativo sea absolutamente diferente a ellos: que encarne su estereotipo del artista atormentado impredecible y genial que vive permanentemente pacheco en medio de una ola de inspiración esotérica, pero eso sí, que siempre entrega el trabajo a tiempo y sin errores, como si fuera el más meticuloso contador.
Es paradójico e idiota, pero en el fondo no está mal: te ahorras una lana en trajes.







